Crítica: La chica desconocida

| MADRID |

La culpa y la redención

Los Dardenne, una vez más, nos sientan como espectadores ante un cine que no tiene pretensiones de ir más allá de la volatilidad de una historia tan momentánea como descodificadora de un conflicto social que encrudece la realidad a la que enfrentarnos. Sin más, cine social para un público que sabe disfrutar de lo simple. También de lo extremadamente miserable.

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Siguiendo su lei motiv de narrarnos universos cerrados en tiempo y espacio, seguimos durante 106 minutos la mirada fría pero irremediablemente sensible de Jenny (Adèle Haenel), una joven doctora que busca a toda consta su redención tras faltar por error a su código deontológico. Una vez más todo se asienta a partir de una mujer joven con un objetivo claro.

Sin embargo, Jenny dista mucho de la chica débil al borde de la extrema fragilidad de su anterior cinta, tomando esta vez como rol un personaje femenino que vive por y para su trabajo, qué sino por y para ella. Sin cosificaciones, sin connotaciones que alardeen de su sexualidad, la simpleza de lo físico no deja de ir de la mano de Jean-Pierre y Luc, quienes reafirman por si quedaba duda del excelente manejo para la creación de identidades femeninas empoderadas. Una chica metódica con toda la rigidez que el ser médico le supone, una chica que se nos presenta como un todo intrínseco a su profesión; Jenny no tiene hobbies, ni tiempo libre, ni espacios privados. Su coche, su móvil y su consulta son los lugares en los que se refugia obsesionada por encontrarse en el perdón.

De esta manera Jenny juega a ser detective de un crimen por el que se siente cómplice, conviertiendo el film en un thriller intimista donde el suspense se pone en balanza entre la búsqueda del asesino de la chica desconocida y la identidad en sí de ésta. Identidad que no es fruto del azar, pues la joven víctima de origen africano, al parecer sin familia ni amigos que la reclamen, no es más que la representación del problema inmigratorio, racista e inhumano que vive Europa en los albores del 2016. Jenny no deja de ser la culpa y la vergüenza de una sociedad que permite el crimen, buscando la exoneración del pecado en el ser solidarios.

Todo ello enmarcado dentro del sistema sanitario privado como elemento indispensable para completar la veda de denuncia social, un aspecto que se alimenta del imparable auge de la extrema derecha que se sirve de la xenofobia y el patriotismo para situar en los márgenes a los colectivos raciales que no dejan de ser parte fundamental de la sociedad francesa. Jenny son los ojos que abogan por la pluralidad y el concenso, porque su labor consiste en proteger a las personas, no juzgarlas. Así, no deja de repetir a todo confidente que su código de confidencialidad médico es inquebrantable.

Jenny no sonríe ni cuando sus pacientes hacen lo imposible para agradecerle su labor. Tampoco baila, porque la música está de más en una narración cruda que no quiere ser presuntuosa. Jenny sólo quiere saber, llena de “porqués” que sobrepasan los límites de su propia conciencia. Cura a todo el que lo necesita, incluída la vida perdida de su joven ayudante en prácticas, y cree que en esta tarea de ser mejor también obtiene la cura para sí, renunciando incluso a sus ambiciones profesionales. La moral de Jenny nos hace preguntarnos hasta qué punto es la extensión sin más de la moral de sus directores, llenos de dudas y conflictos -como cualquier europeo que sea capaz de simpatizar con el horror del que no dejamos de ser partícipes-. Como si el saber la identidad de todo el que está muriendo por políticas mal hechas pueda salvarnos del terrible sentimiento de culpa que nos azota el alma.

Nela Linares Antequera

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