Crítica: Techo y comida

Techo y comida es el primer largometraje de Juan Miguel del Castillo que se estrenó a finales del 2015. La idea de este film nació, según su autor y director, de un reportaje de televisión donde aparecía una antigua vecina de él, contando su situación personal de desahucio, con dos hijos menores a su cargo.

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Por opinión personal, me parece estupendo, sensato y hasta valiente que un director español decida apostar por un tema social – y no sé si me atrevería a decir “tabú” – que afecta a una gran parte de la población española que se encuentra cada vez con menos recursos por diferentes situaciones que suceden, a veces de improvisto, en su vida.

Rocío (Natalia de Molina), la protagonista de esta historia dramática que se desenvuelve en un barrio de Jerez de la Frontera, es madre soltera y tiene un hijo de 8 años llamado Adrián (Jaime López). Ella vive gracias a un pequeño trabajo a pie de calle y lo poco que gana lo utiliza para mantener y alimentar a su hijo, y no tiene más familiares a los que acudir.

Esta película refleja perfectamente la situación y sentimientos que tienen aquellos que tienen que pasar por este problema social. Por una parte, podemos ver como una mayoría de la población que interactúa de alguna forma con los afectados, acaba excluyendo a estas personas de su entorno por aspectos meramente socio-económicos preestablecidos. Y por otra, solo aquellas personas que se caracterizan por ser algo más empáticas, son las que pueden llegar a ponerse en el lugar de la otra persona, simplemente para ayudarlas escuchándolas u ofreciéndoles una pequeña ayuda.

En esta historia solamente una vecina de Rocío, María (Mariana Cordero) la ayuda como si fuera casi una segunda madre. Rocío que se percata de su buena voluntad, se aprovecha en algún momento robando objetos para sus necesidades más básicas, pero la mujer que se da cuenta, decide comprarle por su cuenta estos productos y otros más. El motivo que llevó a Rocío a robar a su vecina no es otro que la vergüenza a pedírselo directamente, y esta le demostró con su gesto que no era necesario hacer eso, simplemente bastaba con pedírselo.

Alfonso (Gaspar Campuzano), el dueño del piso denuncia a Rocío por impago de varios meses de alquiler. Ella cuando recibe la notificación hace como si nada y finalmente acude a un abogado unos días antes de la fecha en la que tiene que abandonar su casa.

Esta escena entre abogado y cliente es una de las que más me ha llamado la atención. La insensibilidad y pasividad del abogado frente a Rocío cuando le pregunta si se puede hacer algo se demuestra con un aspecto técnico: no mostrando en ningún momento el rostro del abogado, tan solo su voz en off manifestando el desinterés por su caso y despreciando los motivos por los que está en esta situación.

La relación entre madre e hijo es muy particular, sin conocer realmente lo que sucede en casa el pequeño Adrián siempre se interesa por su madre en cosas cotidianas como la comida. Pero también hay un conflicto interno causado por la tensión que provoca esta situación a la madre y no saber cómo llevarla.

Emotivo y triste es el final de esta historia. Después de que Adrián se escapara de casa la noche anterior a tener que abandonar su hogar, quiso volver con su madre que lo estaba buscando para fundirse en un abrazo mientras que, en contraste la gente se distraía del mundo celebrando la Eurocopa del 2012 en la que España ganaba a sus rivales. Un final abierto donde madre e hijo van buscando un nuevo camino…

Ana García

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