Crítica: El Ciudadano Ilustre

Si la sala de cine no logró permanecer en silencio, si las risas colectivas inundaban el espacio es porque El Ciudadano Ilustre logró reflejar de una forma realista y un tanto absurda los rasgos que todo argentino, para bien o para mal, posee. El un fiel retrato de la sociedad argentina que, si bien el filme pareciera agarrárselas con el interior de Buenos Aires, revela aspectos que pueden encontrarse en cada rincón de nuestro país.

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Daniel Mantovani (Oscar Martínez), un escritor consagrado mundialmente por haber ganado el Nobel de Literatura, es invitado a su pueblo natal y de donde surgen todas sus historias, Salas, a modo de celebración y para nombrarlo ‘’Ciudadano Ilustre’’. Mantovani regresa a su pueblo, algo que no había hecho en los últimos cuarenta años que lleva viviendo en Europa.

La sociedad de Salas comienza por ser graciosa, ingenua, grotesca, con todos esos tics que los argentinos cargamos, para develar sus rasgos más perversos, violentos y repulsivos que forman parte de la naturaleza, no solo argentina, sino humana. Mantovani, con su ácida sinceridad y rebeldía, refleja el discurso y la mirada de los talentosos directores, Gastón Duprat y Mariano Cohn, que parecen tener mucho para decir.

No podemos hablar de la dupla Duprat-Cohn sin tener en cuenta a Andrés Duprat, impecable guionista que formó parte de los filmes más destacados de los directores, tales como El artista (2008), El hombre de al lado (2009) y Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011), donde podemos observar un factor común de crítica irónica, la comedia amarga donde los autores se ríen de sus personajes, estúpidamente reales, para luego arrojarlos al fuego del cuestionamiento.

 

Sofía Introcaso

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