Relato: El corredor de la muerte

No tendría más de dos metros aquél cuarto en el que estuve encerrado durante más de 10 años. Una pequeña ventana era el único contacto que tenía con el otro lado, con el largo pasillo en el que estaban distribuidas las celdas de lo que algunos llamaron “el  corredor de la muerte”. Por la pequeña mirilla de la ventana, Frank, el carcelero, me  introducía la escasa comida a la que tenía derecho. Lo hacía una vez por la mañana y otra al atardecer. Con el paso de los años me fui ganando su confianza. Era un tipo orondo y desaliñado al que nunca le vi dibujar una sonrisa en su rostro, tenía un cabello grasiento y unas gafas de moldura redonda, que ocultaban unos ojos acostumbrados a la oscuridad y la muerte.

Nunca comprendí que hacía allí, cuál era la razón de mi condena letal, por qué no me dejaban salir. Por más que intentaba buscar una explicación, no la encontraba. Fui acusado de cometer terribles crímenes, pero eso supe que nunca fue cierto.

Por primera vez en 10 años, al abrirme la ventana, observé que ya no era Frank el que me servía la comida. En el minúsculo espacio en el que estaba encerrado, descubrí que encima de mi colchón había unas gafas con moldura redonda.

Por primera vez en 10 años rechacé la comida. Ese día, mi cuerpo, ya estaba saciado.

Óscar Encarnación

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