Crítica: Amor de medianoche

| BUENOS AIRES |

Amor de medianoche (Midnight Sun) es una de esas películas que está destinada a ser una de esas historias romántica que cuentan con el elemento lacrimógenos como recurso principal, en muchas ocasiones funciona, en otras no. Este es el caso de un film que resulta un tanto empalagoso y no tan bien actuado, pero cumple en lo que busca si no eres muy exigente.

A muy temprana edad, Katie Price (Bella Thorne) fue diagnosticada con una enfermedad genética incurable, Xeroderma Pegmentosum, que se caracteriza por una sensibilidad extrema a los rayos ultravioletas. Por esa razón, Katie se ve obligada a pasar su vida aislada para evitar la exposición a la luz solar, que podría resultar letal. Con la excepción de la compañía de su padre viudo, Jack Price (Rob Riggle), y de su única amiga Morgan (Quinn Shephard), Katie pasa el día sola, componiendo canciones con la guitarra y mirando por la ventana de su dormitorio, anhelando ser parte del mundo cotidiano. Desde su ventana tintada, año tras año ha seguido el ir y venir del famoso atleta de la escuela secundaria Charlie Reed (Patrick Schwarzenegger), sin que él lo sepa.

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